Fontanales te lo explica, por Laura Cambil

Hace frío. Ha estado lloviendo. Nos ha amanecido en carretera y ya hay nervios en el estómago. Pero no importa. Ya estamos aquí y cuento los minutos que faltan para empezar a correr. Una señora mayor camina entre los corredores hacia su casa con una bolsa de pan. Se para a descansar un poquito y nos mira. Sonríe. Parece divertirle el ambiente. “Hoy va a estar bueno ahí arriba”. Lo dice al aire, sin dirigirse a nadie pero hablando para todos. Vuelve a sonreír y sigue su camino.

Nos agolpamos en el cajón de salida. Los voluntarios se mueven como uno solo. Muchas caras conocidas. Sonrisas y abrazos para animarnos unos a otros y por fin, empezamos a correr. La subida de asfalto de Carretería me desafía nada más empezar. La adrenalina y los aplausos de la gente, que en Moya siempre transmiten un calor especial, me impulsan a apretar un poco más, pero me obligo a tener calma. Aún quedan 24 kilómetros por delante. Las pulsaciones golpean fuerte y la pendiente no parece terminar pero de repente todo se transforma, los más rápidos se alejan, el pelotón se deshace y la respiración se calma. Comienzo a avanzar entre laureles y verde, mucho verde. Doramas me presta el oxígeno para seguir

El terreno no lo pone fácil, el barro se pega en las subidas y hace patinar en las bajadas y las piernas comienzan a sentir los kilómetros y los cambios de pendiente. “No vuelvo a hacer esto más, esta vez va en serio”. Junto al avituallamiento, donde los voluntarios funcionan como una maquinaria perfecta, un grupo de chiquillos gritan como locos al paso de cada corredor. “¡Esas chicas campeonas!” aplauden emocionadas varias mujeres junto a ellos cuando me ven pasar. Vale. Aprieto un poco por ellas. Ellas aplauden más fuerte. Qué grandes.

Pero las voces se quedan atrás y el barro vuelve a entorpecer el camino. Empieza la lucha. Y de repente, la fuerza acumulada en los entrenos, la preparación física, las técnicas y los consejos de los amigos, se materializan en tus piernas, en tus ganas, en una sensación de libertad, que se une con la naturaleza cuando el cielo de Fontanales se abre para ti y te explica sin palabras por qué te gusta correr.

Y entonces tus pulmones se abren y te deslizas entre árboles y piedras, recorres pequeños senderos, sonríes al pisar sobre el puente de madera y casi saltas como un niño pequeño por el Barranco de los Tilos mientras piensas que no hay otro lugar en el mundo como éste.

Con esa energía y el sonido de los aplausos cada vez más cerca, llego a Moya. No me conocen, pero los moyenses se agolpan en la calle y me vuelven a animar como si fuera de la familia. Los que no vivimos de esto cruzamos la meta con la alegría de los ganadores. Procuro que nadie lo note, pero en ese momento siempre lloro un poquito. Hoy me ve ella, la señora del pan, que no dice nada, sólo me mira y asiente con la cabeza como diciendo, “¿ves cómo el día iba a estar bueno?”

 

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